La Cuarta Estación de Mariano Jindal

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Tenía razón el ministro de Derechos Sociales, Pablo Postendo, cuando dijo que las medidas de dependencia aprobadas por la Cámara de Representantes esta semana constituyen “la reforma social más grande de nuestro país en lo que va de siglo”. Estas instituciones, que recibieron una cantidad adicional de 6.200 millones de euros, tienen como objetivo facilitar que las personas mayores envejezcan en casa en lugar de trasladarse a una residencia.

Afortunadamente, la ley obtuvo un amplio consenso en la Cámara de Representantes. Esta situación de tensión política permitió al Partido Popular abstenerse de votar, y asegura su realización independientemente del color del gobierno que surja de las próximas elecciones.

Acreditación

La ley recibió un amplio consenso. Esta ruptura de la tensión política asegura su aplicación independientemente del gobierno que surja de las elecciones.

El acuerdo se remonta a 2006, cuando se aprobó esta norma durante el gobierno de Rodríguez Zapatero. Entonces los socialistas y populistas se dieron cuenta de que era necesario cuidar de los ancianos y de las personas con discapacidad. El problema es que su implementación es muy costosa y no se dispuso de recursos suficientes desde el principio. Además, en crisis económicas, como la de 2012 durante los gobiernos de Mariano Rajoy, las personas dependientes fueron las primeras en sufrir recortes.

Sin duda, el bienestar de la dependencia puede considerarse el cuarto pilar del Estado de bienestar, junto con sus tres pilares tradicionales: la educación, que garantiza el acceso a la formación y la igualdad de oportunidades; La atención sanitaria, que proporciona atención médica a toda la población, y las pensiones, que garantizan la protección económica tras la jubilación. A ellos se suma la dependencia, que pretende proteger a quienes no pueden valerse por sí mismos por edad, enfermedad o discapacidad.

Marcos Villaoslada/EFE

El envejecimiento de la población y la integración generalizada de las mujeres en el mercado laboral han provocado una disminución del cuidado familiar informal. Por esta razón, el cuidado de las personas dependientes que no podían ejercer plenamente sus derechos, incluso si estuvieran reconocidos por la ley, era una cuestión de justicia social. Con la aprobación de las últimas medidas, esta cuarta fase costará al erario público más de 14.600 millones de euros.

Pero una cosa es el Estado de bienestar que queremos y otra muy distinta es el que podemos pagar. Recuerdo que en 2018, durante la visita del presidente chino Xi Jinping a España, le preguntamos por qué su país no tenía seguridad social. Él respondió que era porque “no podíamos permitírnoslo”. Incluso Estados Unidos, la principal economía del mundo, limita la asistencia social a los esfuerzos por aliviar la pobreza extrema, lejos de los servicios integrales que se encuentran en Europa.

Además de satisfacer las necesidades de la población, el Estado debe afrontar otros gastos prioritarios para asegurar los ingresos públicos: inversión y mantenimiento de infraestructuras, defensa y seguridad, administración de justicia, investigación y desarrollo, vivienda y empresas públicas, entre otros.

Este fuerte aumento del gasto público, combinado con una caída de la productividad, puede llevar al Estado de bienestar a un callejón sin salida. Por este motivo, la izquierda en general y los sindicatos en particular deberían ser los primeros en poner fin al uso fraudulento de las bajas médicas y al cobro inadecuado de las prestaciones por desempleo. Cuidar lo que tenemos es tarea de todos.



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