“Estábamos preparados en caso de que sucediera algo”.

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Algunos asistentes recuerdan aquel ambiente como una “galería minera” o incluso una “sala de fundición”, con un calor asfixiante que apenas les permitía respirar. Más de 600 delegados de CC.OO. Llegados de toda España se dieron cita en el pequeño espacio de la Iglesia de Sant Meder, en el barrio de Sants de Barcelona. Era el 11 de julio de 1976 y sólo había transcurrido una semana desde la caída del gobierno franquista de Carlos Arias Navarro. El sindicato siguió siendo una organización ilegal y sus miembros continuaron actuando en la clandestinidad. Los dirigentes ya habían sufrido de primera mano el intento desesperado del régimen de detener el movimiento obrero: la Operación 1001 terminó con sentencias de 162 años de prisión para diez líderes.

En este contexto, y después de que el Ministerio del Interior se negara a autorizar la convocatoria de una conferencia jurídica en Madrid -permiso que fue concedido a la Confederación General de Trabajadores-, se celebró en 1976 el Consejo de Barcelona, ​​del que ya se cumplen 50 años. Mercy Claramont cumplió 20 años ese día. “Sabía que era muy importante, pero para mí era la continuidad de la vida cotidiana: estábamos organizados y organizamos este tipo de eventos. No sabía que ese día pasaría a la historia, porque en ese momento había muchos días históricos”, recuerda. Entonces era “casi una niña” y todavía despierta las emociones de recibir referentes como Marcelino Camacho, que fue nombrado secretario general de CC.OO. En la misma asociación. Un año después, Mercy fue elegida delegada en las primeras elecciones sindicales libres de la empresa pública de autobuses de Barcelona: “Éramos 147 hombres y yo”. En su primer convenio colectivo, Claramont y sus colegas concluyeron que las mujeres podían convertirse en conductoras de autobús.

Más de 600 delegados de toda España se reunieron en la Iglesia de Sant Medair para decidir su futuro

Esta acalorada reunión de 1976 fue la encargada de determinar si CC.OO pasó de ser un movimiento popular con raíces en las fábricas españolas a formalizarse como un sindicato. Josep María Rodríguez, que entonces tenía unos treinta años, confirma que el dilema generó muchas discusiones ese día. De hecho, las presentaciones estaban inicialmente previstas para durar tres días, pero tuvieron que condensarse en “sólo” 10 horas muy condensadas. Esta prisa también contribuyó a crear un clima de tensión, ya que muchas personas acabaron desabotonándose la camisa por asfixia. “Desde entonces empezamos a tener una proyección y presencia muy importante como sindicato”, dice Rodríguez.

Los delegados llegados de fuera de Cataluña viajaron en coches particulares y sin formar convoyes para no levantar sospechas entre la policía franquista. Otro de los pistoleros que acudió a la manifestación, Antonio Rodríguez Avellaneda, recuerda que tuvo que ir a buscar a la estación de metro de Paseo de Gracia a Antonio Gutiérrez Vegara, que años después también fue nombrado secretario general del sindicato. “Había un grupo preparado por si pasaba algo”, explica el albañil ya jubilado.

En el acto celebrado esta semana en el Centro Cívico Cutxeres de Sants con motivo del aniversario, una avería en el aire acondicionado dejó a algunos de los campeones de la prueba reviviendo el ambiente sofocante de aquel encuentro. El Consejo de Barcelona supuso un hito en la historia de la unión y las libertades democráticas en España. “Franco murió en la cama, pero Franco murió en las fábricas”, afirmó el actual secretario general de CC.OO. En Cataluña, Belén López.

Periodista económica del diario La Vanguardia. Antes de eso, trabajó durante diez años en el mismo departamento en Diyari Ara. Es autora de El club del Unicornio (Península, 2023).



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