Cataluña después de las hojas, de Rosa Cañadas
Apoyo la regularización de las personas que ya están aquí y cumplen ciertas condiciones. La violación no beneficia a nadie: ni a la persona, ni al empresario que cumple, ni al Estado que no accede. Pero la discusión no puede quedar en el papel. En Cataluña, la migración ya se ha convertido en parte de la vida cotidiana. La pregunta importante es qué haremos a continuación. Si organizamos las cosas para que esta gente siga teniendo los mismos trabajos precarios habremos solucionado parte del problema, pero no podremos solucionarlo. Sería buena idea dejar de hablar de “inmigrantes” como si fueran todos iguales. En Cataluña viven personas procedentes de Marruecos, Colombia, Honduras, Senegal, China, Pakistán, Rumanía, Perú o Venezuela, entre otros países. Algunos han llegado huyendo; otros por trabajo o para reunirse con sus familias; Otros tienen estudios, comercio, experiencia empresarial e idiomas. Si no sabemos quiénes son, nos resultará difícil integrarlos bien.
España y Cataluña necesitan trabajadores, pero el trabajo no cubre sólo la necesidad humana. Suponemos que todo inmigrante quiere quedarse para siempre. No siempre es así: algunas personas construirán su vida aquí, otras regresarán y otras vivirán entre los dos lugares. Si la persona se queda, debería estar bien integrada. Si regresa, no tiene por qué ser un fracaso: podría ser otra forma de relación entre Cataluña, España y su país de origen. La persona que vivió y trabajó aquí no corresponde. Es posible que haya aprendido el oficio, los estándares y la cultura laboral. Al mismo tiempo, mantiene el idioma, los símbolos, las comunicaciones y la confianza de su país. Este doble conocimiento vale mucho más de lo que solemos darnos cuenta.
Navegación
Hay personas que conocen esos países y que, si se capacitan e integran, pueden convertirse en un puente profesional.
Para muchas empresas catalanas y españolas globalizarse no significa sólo exportar. Es estabilidad. Se trata de encontrar un socio confiable, contratar equipos, comprender cómo funciona la gestión local y comprender los obstáculos culturales que pueden obstaculizar el proceso. Allí, alguien que conoce ambos lados aporta algo que muchas veces falta: el verdadero conocimiento del terreno. Puede ayudar a abrir mercado, acompañar la implantación, identificar proveedores, formar equipos locales, descubrir oportunidades o incluso actuar como socio, distribuidor o colaborador de una empresa española. No me refiero a resolver situaciones y luego traer a la gente de vuelta. Me refiero a comprender que la navegación no siempre es lineal. Cataluña cuenta con empresas con carácter internacional y una relación natural con la región mediterránea, África y América Latina. Pero muy a menudo nuestras empresas quieren salir al extranjero y se enfrentan a una dificultad que no figura en los planes de negocio: no conocen suficientemente el país. Al mismo tiempo, tenemos aquí gente que conoce esos países y que, bien formada e integrada, puede convertirse en un puente profesional y empresarial. No todos, obviamente. No se trata de perfección.