Cambra frente al espejo, diseño de La Vanguardia

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La Cámara de Comercio de Barcelona es una institución de derecho público con una misión muy clara: representar a todo el tejido empresarial. Su legitimidad proviene de esta perspectiva amplia, capaz de acoger a autónomos, corporaciones, pequeñas, medianas y grandes empresas. Cambra es más útil y poderosa cuando se asemeja a la realidad empresarial que debe representar. Los autónomos y las pequeñas empresas aportan capacidad, proximidad y arraigo. El intermediario es el motor silencioso del crecimiento y el empleo. La empresa aporta gran escala, inversión, internacionalización y capacidad de conducción.

Siempre he creído que el poder de la cambria no depende de representar mejor una parte, sino de saber combinarlas todas.

La fuerza no depende de representar mejor una parte, sino de saber combinarlas todas.

Hoy, el pleno votará a los miembros con mayor aporte, incorrectamente llamados “sillas plateadas”. El nombre realmente define el debate: lo desplaza hacia la idea de privilegio y aleja el foco de lo que realmente es, un mecanismo legal de representación y equilibrio. Desde hace muchos años, el sistema de cámaras cuenta con mecanismos para diferenciar empresas de distintos tamaños. La desaparición de los recursos de las cámaras ha cambiado este equilibrio. En un sistema electoral en el que el número de empresas supera la dimensión económica de cada realidad empresarial, los socios con mayor aportación están específicamente planificados para asegurar una presencia razonable de las grandes empresas en el pleno.

En todas las Cámaras catalanas y españolas estos vocales tienen un peso uniforme y adecuado. Pero Barcelona es una excepción, porque en el mandato anterior se redujeron de 14 a dos, el mínimo legal, con el voto contrario de las dos patronales. El resultado es que las grandes empresas representan sólo el 17% de las empresas elegidas, aunque su peso en la economía catalana supera el 35%.

Por eso sorprende que algunos de los que abogaron por su conservación hoy cuestionen su restauración. Cuando una misma herramienta es válida o cuestionable según el momento, es difícil no pensar que el debate no se trata sólo de principios, sino también de idoneidad.

Corregir este desequilibrio no significa dar poder a nadie, sino evitar que una parte relevante de la economía quede infrarrepresentada. Es legítimo reservar este mecanismo, especialmente si se desconoce el historial del sistema de cámaras. Pero si queremos que el pleno refleje mejor el tejido empresarial, los miembros que hoy hacen la mayor contribución son la herramienta que la ley proporciona para corregir este posible desequilibrio. Por lo tanto la discusión no debe ser entre grandes y pequeñas empresas, sino entre una cambra parcial y una cambra más completa. Nadie puede controlar la sala: ninguna gran empresa, ninguna organización, ningún proyecto. Por tanto, lo que proponemos es más sencillo y más exigente: la Cámara debe ser un espejo de la economía que representa. Una institución que no refleja el tejido de su trabajo no es más democrática: es simplemente un espejo que no es fiel a la realidad.



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