junio 30, 2022

Valhalla Rising: la ferocidad como mito y herida

Hay cuentos que valen por su capacidad no tanto de narrar como de volver a narrar; no tanto por lo que descubren como por lo que hacen recordar. La memoria funciona en ellos como una pupila más, como un sentido a sumar a los cinco más evidentes. Su mecanismo es el de los mitos relatados justo antes del sueño: cosen la fabulación con el deseo y sirven igual como advertencias violentas que como monumentos extrañamente inmorales.

Valhalla Rising, del siempre inquieto y enervante Nicolas Winding Refn, es básicamente eso: una película que hace pie en cada una de las narraciones viejas y universales que la otorgan la cualidad del eco. Más que simplemente sonar, resuena. Habla de un héroe redentor y sangriento eternamente ofrecido en sacrificio, habla de un dios inmisericorde, habla de una tierra virgen y hostil… Pero, sobre todo y por encima de cualquier voluntad de relatar nada, lo que importa es todo lo que calla. El protagonista interpretado por el imponente Mads Mikkelsen (Otra ronda) se mueve por la pantalla como un fantasma herido. Sólo tiene un ojo y nada que decir. Su único lenguaje es un idioma primitivo y que antecede a cualquier forma de comunicación hablada o escrita.

Digamos que el director vela armas ante el que será su primer gran éxito. Todo Drive, la película que le hizo famoso y notable en Cannes al año siguiente, está toda contenida en ésta. Digamos que el danés Winding Refn pule buena parte de los ensayos brutales de mutismo expresivo (llamémoslo así) que fue desarrollando a través de sus películas anteriores como las tres entregas de Pusher y Bronson. Es cine silente, visceral, impresionista y de una extraña masculinidad siempre fallida.